miércoles, 11 de julio de 2012

ENTREGA


Descargando, ¡ unos hombrecitos!

Hoy he llegado a la escuela a eso de las 9 de la mañana, sola con el coche y toda la mercancía. Los niños se han agolpado en las ventanas emocionados gritando “mzungu” (blanca). Yo les he sonreído tímidamente porque tener tantas las miradas clavadas en mí me intimida un poco. Ni que decir tiene que todo el mundo en la escuela estaba encantado de recibir tantos materiales agradeciéndolo  a vosotros y a mí. No pensaban que iba a haber para todos los estudiantes. Algunos profesores y yo hemos hablado  mientras esperábamos a que una mujer nos hiciera una foto; finalmente ha logrado su objetivo, con mucho esfuerzo porque nunca había usado una cámara. He ido a ver a los niños en las clases y a conocer a los discapacitados uno a uno. El primer niño, Yusuf, no paraba de sonreír mientras yo lo intentaba al mirarlo. De pequeño se quemó en un incendio y tiene la mitad del cuerpo afectada. Solo tiene un brazo, no camina perfectamente y su aspecto no es el de un niño común, pero su sonrisa era la más grande de todas. Me han informado que es muy activo e inquieto, que su discapacidad le priva de muy poquitas cosas. En cuestión de médicos no se puede hacer nada, pero a Yusuf no le hace falta mucho más, solo seguir con esa alegría, valentía y entereza de ser un niño feliz.
En la clase

Me quedo con Mwaka y Patima, dos niñas de 7 y 8 años respectivamente, con problemas en un ojo. La visión es casi nula, tienen una mancha blanca en el ojo. He ido, acompañada de los directores (ambos Khamis), a hablar con las familias de ambas para ver si podía llevarlas al médico para que un oftalmólogo en un hospital privado las chequee.


Con los profes
El padre de Mwaka estaba a 1 km de la escuela al lado de la carretera: su puesto debajo de un makuti (techo de palma de coco) trabajando el hierro de piezas viejas, como pedales de bicicletas inservibles, para fabricar tornillos y tuercas. Sentado con sus dos hermanos, y mirándome extrañamente, ha aceptado que lleve a Mwaka a un chequeo médico explicando que no tenía dinero para nada de eso. No he podido evitar fijarme en lo que quedaba de su camiseta, porque eran más jirones que pieza entera.

Mwaka, 7 años
A continuación, en coche hemos recorrido un camino abrupto de 3 km  que recorre Patima andando cada día para ir y volver de la escuela a su casa. Vive en una aldea humildísima y llena de niños que no van a la escuela y como podéis ver (abajo) algunos tan pequeños cargan con sus bebés hermanos porque los padres están  fuera trabajando para ganarse el pan. Su padre no se encontraba en casa, volvía tarde de trabajar. Su madre, con más hijos en su regazo, ha salido a recibirnos. Después de comentarle el asunto, nos ha dicho que la decisión la tenía que tomar su marido, muy normal en la cultura musulmana. Además, estaba preocupada por no saber dónde me llevaría a la niña y qué le irían a hacer. Mi respuesta ha sido que no se preocupara, que el director vendría conmigo al hospital y que después de hablar con su marido me dijera algo. Nos hemos despedido, y al girarme para decir “kwaheri” (adiós) tenía una retahíla de niños siguiéndome los pasos. Se han acercado al coche como aquel que ve una nave espacial.
Patima, 8 años
He dejado a los Khamis en la escuela y me han regalado unos mangos y unas naranjas. Quedo a la espera de saber si puedo llevar al hospital a las dos niñas. También a la espera de que me llame el oftalmólogo para que me dé una cita aquí en la ciudad.
Y, por supuesto, deseando que tenga una solución, las ganas y dinero los tenemos.

De vuelta de las escuelas, tengo emociones mezcladas: una alegría inmensa, a la vez que pena de que la vida no sea justa. Me voy a dormir, mi cabeza y mi cuerpo me lo piden hoy más que nunca. Mil besos.



Mr.Khamis, director de secundaria

En la aldea, los niños cargan con sus hermanos

Casa de Patima

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